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AQUELLOS LEONES ELEGANTES CON NÚMEROS Y TRAJES DE COLORES
AHÍ ESTABA YO, leopardo merodeando la sabana cuando aparecieron de nuevo
mis leones. Hace tanto tiempo, pero lo recuerdo como si hubiera sido ayer.
Yo era apenas un cachorro de dos años que tuvo que cruzar la cordillera en
busca de mejores oportunidades. Durante ese período fue que empecé a
juntarme con otros leopardos mayores y empecé también a aprender de sus
mañas y sus trucos para conseguir presas de un modo fácil y más rápido; así
se dieron las cosas.
Fue entonces cuando vi por primera vez a esos leones, tal vez porque ese lugar estaba lleno de leopardos mayores, incluso muchos ya viejos fue que no me causaron ningún miedo; además ells eran hermosos y muy erguidos. Se paseaban con elegantes vestiduras y adornos de colores y números por los costados. Recuerdo que desde mi posición esos leones se veían lejanos y pequeños, sin embargo la elegancia con que se movían aún desde la distancia parecían imponentes. De pronto tras el llamado de un clarín comenzaron todos a correr veloces en la misma dirección, unos por el lado, otros por el centro, y otros por atrás empezaron de pronto a tomar la delantera por el lado de los palos. Para mí todo eso era algo confuso, no obstante pronto entendí que éste era nada menos, el clásico Saint Leguer, y en él muchos leopardos, incluyéndome, habían apostado todo lo que tenían. La emoción que sentí en ese momento fue indescriptible, y comencé a gritar y hacer sonar los dedos alentando a mi león favorito, ése sobre el cual me habían dateado. Fueron unos pocos minutos de euforia y después todo se calmó y una voz dijo: "se paga, el gran clásico, se paga". Esta fue la manera de cómo, siendo un leopardo tan pequeño, gané una suma de dinero más que considerable tomando en cuenta que había apostando la plata del pan. Desde entonces comencé a frecuentar lo que para mí era lo mejor de la sabana, un rincón de la selva llamado Teletrak. Ahora cuando paso por uno de esos lugares, no puedo dejar de sentir que el corazón se me acelera y debo dar vuelta entonces la cabeza para no mirar ahí a esos leones míos que siempre me están llamando a entusiasmarme con ellos y a sentir otra vez esa sensación de desborde y de plena adrenalina. Felizmente ya sé que ése es un placer que me lleva a otros y a otros y, en definitiva, sólo a hundirme. Juan Sergio |