PEDAL DE MADERA
ERAN TIEMPOS DIFÍCILES, había muy poco trabajo y casi nada de dinero. Así escuchaba que decían. Mi padre sin embargo partió un día a la feria y volvió, así nomás, con una bicicleta. El viejo había ahorrado poco a poco hasta juntar la plata para comprarla y nada había dicho al respecto a mi madre ni a nadie. Era una bicicleta naranja como la que sale en la película "Machuca". No era nueva. Le faltaba un pedal, pero mi padre con su ingenio buscó un madero viejo pero firme y, en su mesón de trabajo fue esculpiendo con cuidado ese pedal como si hubiera sido un niño al que había que proteger; y todo para que yo pudiera usar ésa, mi primera bicicleta.

Cuando el pedal estuvo puesto, mi hermano mayor me enderezó el manubrio y me dio un impulso del asiento para que la bicicleta despegara. Desde un costado de la calle mi padre observaba con la sonrisa amplia y con orgullo el acontecimiento. Me fui al suelo, pero tras repetir con mi hermano esa acción por unas diez veces, logré mantener el equilibrio y seguir solo en la aventura. Me costó varios porrazos más, pero pasé también momentos que yo diría inolvidables; los mejores cuando llovía y corría viento, porque entonces me ponía unos lentes a los que les faltaban las patas, y yo, convencido de que me veía muy bien con ellos, me los calzaba con un elástico. Y me ponía también unas botas de agua y salía contento a la lluvia para lucir mi bicicleta. Así, el agua se me escurría por la cara como millones de lágrimas de felicidad.

Fue en un día de ésos con la lluvia cayendo fuerte que había en la esquina un par de muchachas mayores que se reían de verme tan feliz con mis botas y lentes con elástico, y eso me gustaba. Me paseaba, por eso, de un lado al otro todo coqueto delante de ellas, como si estuviera conquistándolas, y no me importaba que se rieran porque ellas igual, me hacían sentir importante y era además feliz con mi bicicleta con su pedal de madera.

Y así pasé momentos felices durante un largo tiempo, hasta que mi bicicleta ya no pudo seguirme acompañando. Se deterioró y fue finalizando su vida. La pobre quedó de lado, pero lo que nunca quedó de lado fueron mis recuerdos de los momentos felices que tuve con ella, mi gran compañera. Además, a pesar de todo el olvido y el deterioro, el pedal de madera que con tanto ingenio construyó mi padre, ése nunca se perdió; continúa instalado en mi bicicleta, la de mis sueños, se quedó en ella firme como puesta recién por mi papá.

Daniel Ponce